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Un jardín en el desierto

Por Germán Cornejo
Publicado en edición Nº48 de Revista Don Orione / Junio 2009

El Cottolengo Don  Orione en el Chaco

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La Granja Don Orione es un verdadero ejemplo de trabajo y cuidado de la naturaleza, que a diario ofrece el Cottolengo chaqueño. Aquello que comenzó como una buena iniciativa, es hoy una importante ayuda para el sostenimiento de la casa.

Amanece en el Cottolengo. Los primeros rayos de luz anuncian el comienzo de la jornada, al tiempo que el inconfundible sonido de las aves de la granja rompe el silencio de la noche. Momentos después irrumpen los pasos y las voces de los auténticos trabajadores del lugar. Llenan las regaderas, se reparten las herramientas y recorren los  canteros, el vivero y la huerta orgánica. Cada uno realiza una tarea distinta según sus capacidades.

La Granja Don Orione comenzó a funcionar en el año 2000 con unas pocas gallinas. Al igual que en aquel entonces, tiene el objetivo de ayudar a que cada uno ponga sus capacidades en acción y, a través del contacto con la naturaleza, valorarse a si mismo y a los otros. También la comida adquiere un nuevo sabor, el gustito especial del esfuerzo compartido.

Expertos en el gallinero

Las más de setecientas aves del gallinero están a cargo de Ramona y Adela, tan expertas en la materia que hoy hasta pueden predecir a simple vista cuál será la gallina más ponedora. A algunas, incluso, les pusieron nombres y las saludan mientras recogen los huevos y limpian los bebederos.
Una vez hecho ese trabajo, seleccionan uno a uno los huevos repartiéndolos en dos grupos: los que sirven para la cocina y los que van a la incubadora. “Los miramos a contra luz y si tienen una manchita roja los separamos para que don Luis los lleve a incubarâ€, explica Ramona.
Néstor, por su parte, se dedica en especial al cuidado de los pavos híbridos, también él se ha hecho un especialista en su trabajo. Claro que en primavera, su tarea se hace más liviana porque una gran cantidad de esas aves son vendidas a gente de la zona para consumir en Navidad. Así puede dedicar más tiempo a la huerta, que es donde más le gusta trabajar.

Plantados en tierra fértil

Con tantas plantas y aves se hizo necesario también contar con abono para que la tierra diera su mejor fruto. Entonces la superiora de la casa, Hna. Hilda, junto a los profesores Luis y María, decidieron dedicar toda una fila de macetas a la cría de lombrices.
Esto trajo nuevas actividades. A Eduardo y a Lidia les toca cortar papeles y cartones en pequeños pedazos que luego comen las lombrices, obteniéndose tierra fértil para los distintos cultivos.
Es sabido que para que la tierra dé frutos, la provisión de agua es fundamental. Y quizás sea éste el logro más notable de sus esfuerzos. Porque a pesar de haber pasado largos meses sin precipitaciones, se sirven gota a gota de un reservorio natural formado en un terreno lindero. “La carencia de agua es un problema serio para todos; la última vez que llovió fue en marzo y cayeron 35mm; desde entonces no hemos tenido suficiente aguaâ€, cuenta la Hna. Hilda.
Bajo una media sombra está la Huerta orgánica, rica en variedad y extensión, con los cultivos más sensibles al agobiante sol chaqueño. A la intemperie quedan las verduras de hoja –como acelga, perejil, remolacha, lechuga– y algunos otros cultivos como cebolla de verdeo, repollo, mandioca y alfalfa que se utiliza para alimentar a las gallinas.
En el Vivero, donde trabajan Elisa y Ãngela, la mañana parece más larga. Es el lugar de la fragilidad y la belleza, pero también de los mayores cuidados. Su tarea consiste en preparar los esquejes –pequeños cultivos preparados con arena– para que las flores echen raíz. Una vez que están listas, paran los pequeños gajos a los macetines con abono para que crezcan fuertes. Al resguardo de Las manos de Dios –como llamaron ese espacio– crecen durantas, rosas chinas, margaritas y otras flores.

La vida que crece

Cuando el sol se acerca a lo más alto del cielo llegando el mediodía, todos se reúnen para almorzar. Más tarde habrá tiempo para continuar con las tareas.
Así, todos los días en el Cottolengo Don Orione del Chaco, junto al enorme esfuerzo por atender cada necesidad y aliviar cada dolor, la vida crece al ritmo silencioso de la naturaleza.
Aunque no son solamente plantas y animales los que crecen, sino que las personas desarrollan sus capacidades y encuentran sentido a su existencia. Ese lugar, entonces, se convierte en un verdadero jardín en el desierto..

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