| Sucesos
de su vida

El
sueño de la Señora con el manto celeste.
Regresa
a Tortona con el corazón rebosante de amor al Papa y a la
Iglesia. Y lo proclama a los cuatro vientos; a quien quiera oírlo.
Pero hay quien no quiere oír: un día da una charla
y refiriéndose al clima de conflicto entre el Estado y la
Iglesia, llama a las cosa con su nombre, menciona al Rey Víctor
Manuel II sin tapujos, y señala injusticias hechas al Papa
y a la Iglesia, que nadie se atreve a decir en voz alta. Son palabras
fuertes las suyas, pero verdaderas.
Una grave denuncia llega a donde
debía llegar. Y comienza la guerra subterránea, y
los terribles comentarios malintencionados.
Y alguien se encarga de ir a
ver al obispo con quejas y m s quejas: que los niños molestan,
que rompen vidrios y lo destruyen todo; en resumen: que hay que
terminar con ese peligroso seminarista.
Y la táctica parece producir
sus efectos; Mons. Bandi, aunque aprecia sinceramente a su joven
seminarista, considera conveniente enfriar la cosa. Y clausura el
Oratorio, por un tiempo... Luis, con el alma en tinieblas, obedece
prontamente. Y en un acto de confianza -y desafió a las oscuras
fuerzas que parecen ganar la batalla- toma las llaves del oratorio
y las pone entre los dedos de quien ha sido maternal testigo de
la breve pero intensa vida del oratorio: la estatua de la Santísima
Virgen que domina el patio del palacio episcopal.
Luego sube lentamente a su pieza, mira con honda
tristeza el despoblado patio de su oratorio, y llora en secreto,
hasta que lo gana el sueño. Y también en esta circunstancia
tendrá un significativo sueño: ve esfumarse toda la
geografía familiar de su Tortona natal, y su mirada abarca
una llanura inmensa poblada por multitudes de niños, jóvenes
y ancianos, de todas las razas y color de la piel; acompañados
por religiosos, religiosas, sacerdotes, seminaristas.
En lo alto del cielo, dominándolo todo, una
hermosa Señora sonriente con el Niño en brazos. La
Señora de aire maternal cubre a la muchedumbre con un inmenso
manto celeste que se pierde en el horizonte. Y entona el canto del
Magnificat; y toda esa colorida muchedumbre le responde a coro,
como el apacible sonido del mar.
Se había adormecido en medio de las l grimas,
se despierta con el corazón lleno de paz: la Santísima
Virgen le había preanunciado que estaría siempre junto
a él, a sus iniciativas apostólicas, protegiéndolo;
y que llegar a ser el Padre de infinidad de misioneros por todos
los caminos del mundo.
|