Don Orione Santo
 
 

Escritos desde nuestro país

Viaje de despedida (los últimos días de DO en Argentina, en 1937)

El 22 de junio, antes de emprender un viaje de despedida al Chaco, al Santuario de Ntra. Sra. de Itatí (Corrientes), a Rosario, escribe:

“Dentro de una hora o poco más, me deberé embarcar para ir a ver y a saludar -tal vez por última vez en esta tierra- a nuestros amados Hermanos que trabajan, con tanto ardor y sacrificio, en el vasto campo de la fe y de la caridad, pequeños y humildes a los pies de los Obispos y de la Santa Iglesia. Voy a Sáenz Peña, en el Chaco, y luego al Santuario de Itatí, que está frente al Paraguay, donde se habla el guaraní.

Serán tres días de navegación por el Paraná para ir, tres días para volver, y varios centenares de kilómetros por tierra.”

Los algo más de mil kilómetros de Buenos Aires a Itatí, hoy se pueden recorrer con una cierta facilidad; pero no era así en la década del 30, cuando en el interior no había caminos asfaltados y los medios de trasporte eran más que precarios. ¿Cómo viajó Don Orione? Escuchemos como lo cuenta él mismo en una carta:

"A bordo del Vaporcito "General Artigas",

24 de junio de 1937. En viaje al Chaco y a Itatí.

Como pueden ver, tengo el gusto de escribirles mientras viajo por el Paraná, para saludar --quizás por última vez en mi vida-- a esos queridos hermanos nuestros, sacerdotes y clérigos, que trabajan para defender y salvaguardar nuestra fe: son los que están más lejos de Buenos Aires, en el centro del Chaco y en Itatí, en el límite de la Argentina, frente al Paraguay. (...)

Antes de ayer y ayer hizo mal tiempo, pero hoy salió el sol y comienza a sentirse mucho calor. En Bs. As. hacía mucho frío.

Este río Paraná es anchísimo y tranquilo, se puede descansar y trabajar. Cuando embarqué, estaba agotado y casi no podía caminar; ahora estoy descansado y recuperado de fuerzas y de voluntad. En el puerto de Rosario subieron a verme los nuestros --les habían avisado los de Bs. As.--; están bien; los visitaré en el viaje de vuelta.

En este hermoso vaporcito también se puede trabajar. Celebré misa los dos días de viaje, y espero poder hacerlo también mañana."

Tres días en barco, desde Bs. As. a Resistencia, y de allí unos 200 km por tierra de Resistencia a Sáenz Peña, para encontrarse con el P. Contardi y, simultáneamente, despedirse de él. En carta desde Itatí escribe:

"Llegué aquí desde el Chaco. Ayer hacia las once dejé Saénz Peña y a nuestro querido P. Contardi; y al saludarlo, quizás por última vez, sentí en lo íntimo del corazón lo que la lengua no puede expresar. El P. Enrique Contardi es párroco de Sáenz Peña, a 230 quilómetros en el interior: Sáenz Peña es la segunda ciudad del Chaco. Está él solo con dos catequistas, para una población de más de 30.000 habitantes: además de grandes núcleos de población desperdigados en distancias enormes, colonias de indios, --una a más de cien km llamada Pampa del Diablo--. El Obispo, Mons. Nicolás de Carlo, no terminaba de alabar al P. Contardi por su trabajo apostólico, por el renacimiento cristiano de Sáenz Peña. Desde febrero hasta hoy, junio, ha refaccionado y ampliado la capilla, hizo el altar y los bancos nuevos, y tres habitaciones. Vive en la mayor pobreza: llegó en febrero, y sólo el 13 de junio, fiesta de San Antonio, pudo estrenar las sábanas. Son muy pobres, pero felices: cuando hay buen espíritu y Dios está con nosotros, hay más felicidad que con todas las riquezas del mundo".

El 26 de junio fue en tren de Sáenz Peña a Resistencia y de allí a Itatí en auto, en carta fechada el 27 de junio, dice:

" Al fin aquí estoy, en Itatí, bajo la mirada de María Santísima. que en este rincón de América es venerada en una de sus imágenes más milagrosas. La trajo aquí un santo P. Franciscano, el P. Bolaños, evangelizador de los indios. Está sepultado en Bs. As. y yo fui a orar ante su tumba, en la iglesia de San Francisco.

Llegué a Itatí después de tres horas de auto: fue un viaje a toda velocidad, a los saltos, por los baches y montículos de la calle; tanto que para no terminar deshecho por mi dolor de riñones y para amortiguar los sacudones y salvarme tuve que tener los brazos rígidos y las manos apoyadas firmemente en el asiento durante todo el tiempo, en una constante maniobra de sube y baja: era como andar en la montaña rusa. Por fin apareció el Santuario de Itatí, y ¡qué suspiro de alivio! El cansancio y el dolor de riñones se esfumaron, todo desapareció.

Cuando entré, la antigua iglesia estaba repleta de devotos; me arrodillé en el fondo, en el rincón del publicano y sentí toda la felicidad de estar en la casa de la Virgen."

Dos días después, se despidió de los suyos de Itatí, para abordar el vaporcito “Iguazú” que bajaba por el Paraná y hacía escala en Rosario. Uno de los religiosos nos describe la escena:

"Antes de emprender el regreso, D. Orione nos saludó, nos dio las buenas noches por última vez. Hablaba en voz baja: 'Salgo para Italia, quizás no nos volvamos a ver' -dijo-. Estábamos todos conmovidos, se nos caían las lágrimas: era el Padre que se iba, y teníamos la sensación de que no lo volveríamos a ver en esta tierra. Lo acompañamos hacia el barco que pasa todas las noches río abajo hacia Corrientes. Había celebrado la Misa a media noche, en el camarín, con la iglesia cerrada. Había mucha gente para despedirlo, pues habíamos hecho correr la voz."

En el corazón de la noche, hacia la madrugada, llegó el "Iguazú"; D. Orione embarcó y mientras la pequeña nave se iba alejando, él saludaba desde el puente a los suyos que en la noche "permanecían con la mirada fija", como los Apóstoles el día de la Ascensión del Señor a los cielos.

Era el 29 de junio, fiesta de San Pedro, fiesta del Papa; desde el barco escribe:

"Desde el río Paraná, 29 de junio de 1937. En viaje a Rosario de Santa Fe.

Es la fiesta del apóstol San Pedro, fiesta del Papa. Desde ayer a la una de la mañana estoy navegando por el Paraná, a eso de las seis de la tarde espero llegar a Rosario, donde permaneceré esta noche y parte del día de mañana. Veré a Mons. Caggiano; veré a los nuestros, hablaré con cada uno y con todos, los saludaré in Domino también en nombre de los que dejé en el Chaco e Itatí; luego una escapada a Bs. As. y adelante, para la última visita a las otras casas. Estoy bien y ayer pude descansar: por el Paraná se viaja bien, si hay buen tiempo.

En todas partes hoy se ora por el Papa, se enaltece al Papa, se mira con inmenso amor a Roma y al Papa, "dulce Cristo en la tierra". Y yo en medio del río Paraná pienso en los hermanos e hijos que dejé ayer en medio de la noche en los extremos confines de la Argentina, frente al Paraguay; en los que están en el Chaco, en los que veré esta noche en Rosario, en los que están en la Pampa, en Mar del Plata, y en otros puntos de esta república; en los del Uruguay y el Brasil; en los de Albania, Rodas, Inglaterra, Polonia; y en Uds. que están en Italia. Hoy, todos unidos conmigo, distantes pero no divididos, desperdigados pero todos unidos en la fe común y el mismo amor de hijos fieles, hoy nos consolamos mutuamente, rezamos todos juntos por el Papa, celebramos y honramos a Jesús y al Apóstol Pedro en nuestro Papa Pío XI.”

El 7 de julio le escribe a Don Sterpi “esta noche voy al Uruguay, llegaré mañana de mañana, pobres hijos míos, voy para la última visita”.

En esos últimos días la actividad es incesante; visita al presidente Justo, bendice la piedra fundamental de un nuevo pabellón y del noviciado y casa de formación en Claypole, viaja a Mar del Plata. Papásogli resume:

“La gente asistía a su misa, lo esperaba antes, después, conformándose con intercambiar con él una palabra, con recibir una bendición; lo visitaba a cualquier hora del día, invadía constantemente el locutorio, el atrio, la portería... Millares de personas se acercaban y cada una esperaba durante horas de turno.

A las 6,30 del viernes 6 de agosto se hallaba a bordo del "Neptunia", después de haber escapado del asedio del pueblo que se mantuvo hasta una hora después de haber embarcado: estaban presentes el Nuncio Apostólico, Monseñor Fietta, quien reemplazara a Monseñor Cortesi; el Obispo Auxiliar de Buenos Aires, Monseñor Devoto; el embajador de Italia, Guariglia; Don Ranieri, inspector salesiano en Buenos Aires; el superior de la "Obra del Cardenal Ferrari", Don Gallone... Muchas personalidades relevantes de la sociedad porteña, muchas personas humildes...”

 
 
 
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