| P. Enzo Giustozzi,
una vida en defensa de la vida.
Por P. Roberto Simionato
La historia comienza sobre el filo de los años 50. Una familia de inmigrantes, ubicada transitoriamente en casa de unos parientes en la provincia de Santa Fe, recibe una carta: Hay una buena oportunidad de trabajo. El doctor Galmarini, parroquiano de Victoria, tiene una casa quinta en El Talar de Pacheco y necesita un cuidador con familia de confianza. Yo pensé en Uds. ¿Qué les parece?
Así, don Tomás Giustozzi y doña Elena se vienen a probar fortuna a Buenos Aires, donde esperan encontrar un mejor futuro para sus tres hijos: Carla, Enzo y Benito. Todo esto me lo recordaba en estos días el mismísimo autor de la mentada carta, el P. Álvaro Garuffi, nacido en el pueblo de los Giustozzi, en Le Marche, Italia; misionero él, que perteneció a la generación de seminaristas que Don Orione mandó al Argentina a completar sus estudios.
Me gusta empezar con esta historia de un cura que le ayuda a una pobre familia a enfrentar sus penurias. Es como una parábola de lo que Enzo hará después por toda la vida.
Enzo Giustozzi había nacido en Pollenza, Macerata, el 10 de noviembre de 1939. Ingresó a la Obra Don Orione el 11 de febrero de 1956. Recibió la ordenación sacerdotal el 7 de diciembre de 1966. Sirvió generosamente a los hermanos y a la Iglesia en múltiples tareas. Falleció en Claypole, Argentina, el 4 de julio pasado.
Siendo casi coetáneos, tengo muchos recuerdos suyos como compañero de seminario en Claypole. Era vivaz, inteligente, siempre entre los mejores alumnos, al que le podías consultar cualquier tema, capaz de ayudar a los que tenían problemas de estudios.
Compartimos varias peripecias, empezando por los tres años que estuvimos juntos en Victoria, 1971 al 73. Fueron tiempos difíciles, de transformaciones en las casas y en la Provincia. Recuerdo tantas lindas charlas con Enzo sobre las inquietudes de la Iglesia postconciliar y la animación de la vida religiosa. De esa época fue la experiencia del Grupo de Reflexión en el que muchos de nosotros, religiosos viejos y jóvenes, encontramos un ámbito de diálogo.
Al recordarlo, quiero detenerme en algunos aspectos de su vida para destacar.

En una entrevista con Juan Pablo II, junto al
P. Roberto Simionato, quien por ese entonces
era Superiro Generla de la Obra
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Estudioso de la Biblia
El interés le brotó del amor con que, desde jóvenes en el seminario, nos hacían aprender el evangelio de memoria, como quería Don Orione. En un espíritu inquieto como el suyo, la curiosidad se volvió pasión. En sus varias publicaciones de introducción a la Biblia, presenta la Palabra de Dios como historia de salvación que ayuda a leer la propia vida y la vida de un pueblo, como historia de la salvación. En realidad, Enzo nunca habría aceptado hacer teología por pura erudición, sino fuera en función pastoral. Su aporte fue bien substancioso: participaba en las reuniones de la SAPSE (Sociedad Argentina de Profesores de Sagrada Escritura), en la redacción de la Revista Bíblica Argentina y, más recientemente, ahondó en la vertiente informática al servicio de la teología.
Comprometido en los problemas sociales
Fruto del deseo de poner la teología al servicio de la pastoral y del estímulo que le viene de ser un hijo de Don Orione, metido en la América Latina de los tiempos de transformación, recuerdo la pasión con que trasmitía los contenidos de los Documentos del Vaticano II, Medellín y Puebla. Recuerdo sus inquietudes por la vida de la Congregación y cómo colaboró con la CAR en el proceso renovación de la vida religiosa. Se comprometió en la reflexión de los Sacerdotes para el Tercer Mundo que, aún en medio de las lógicas tensiones y diatribas de la época, representaron un acercamiento e identificación con los pobres, en el intento de valorizar la cultura del pueblo.

Un jóven Padre Enzo, junto al Padre José Baldussi
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Defensor de la vida
Esa misma fidelidad lo llevó al compromiso en la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos, de la que, si mal no recuerdo, fue miembro fundador, junto a Mons. Jaime De Nevares y otros políticos y personas de nota. Fue ése un trabajo no convencional, nada fácil de entender por los riesgos que corría, por la sospecha de marxismo que en tiempos de los militares se arrojaba sobre toda persona que se metiera en eso de ayudar a la gente. En ese contexto, Enzo supo encontrar su lugar y ayudó a salvar vidas humanas. Nos habló de ello muchas veces, con lujo de detalles. Sé que en algún momento se sintió solo en este compromiso.
Hombre de escucha, sensible al dolor
Enzo, más que hombre de obras fue hombre de contactos humanos. Su empeño le venía del escuchar a la gente. Tenía particular atención para el que sufre. Sin invadir el terreno profesional, pudo ayudar a mucha gente a ponerle nombre a sus problemas y a asumirlos con serenidad desde la fe. Importante fue el trabajo en el campo ecuménico. Su especialización bíblica lo llevó a frecuentes contactos con rabinos y pastores evangélicos. Con muchos de ellos cultivó sincera amistad, comprometiéndose en una tarea, la ecuménica, poco desarrollada en la Argentina de entonces.
El sufrimiento y la purificación final
Enzo fue rico en humanidad y en experiencia de Dios. En mis últimos viajes a la Argentina como Superior General lo encontré sufriente y sosegado, plenamente consciente de su gravedad y bien maduro en la fe como para decir con convicción: Hágase tu voluntad. En mayo último me contaba que se cansaba mucho de todo y que por eso salía a dar una vuelta por las calles del Cottolengo de Claypole, rosario en mano. Ya estoy organizado, me decía, el tiempo de una vuelta es el tiempo de un rosario y así voy tirando para adelante hasta que Dios diga.
¡Qué lindo eso de rezar para descansar! ¡Descansar en Dios! Es lo que hace ahora, ya sin mediaciones, por toda la eternidad.
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