Juan Pablo II - Peregrino de la Paz
 
       
 

 

 

 


Vista aérea de Strawberry Island

 


 


Ariel sostiene el libro de visitas de la isla
con la firma de Juan Pablo II

 

 

 


Damián Molinan junto al Papa

 

 

 

 


Damián y Ariel colaborando en los preparativos
para recibir a Juan Pablo II

 

Cuando Don Orione atendió al Papa.

En julio del año 2002, la ciudad canadiense de Toronto recibía a miles de jóvenes de todo el mundo con motivo de la XVII Jornada Mundial de la Juventud. Entre ellos, un pequeño grupo de chicas y chicos de Don Orione de Argentina que, con mucho esfuerzo, volvieron a decirle “Sí” al llamado de Juan Pablo II.

Pero además, la Familia Orionita tuvo la dicha de poder responder a otro llamado, tan inesperado como importante: atender al Santo Padre en sus días de descanso antes de su encuentro multitudinario con los jóvenes.

Damián Molina y Ariel Ybarra -dos chicos orionitas que trabajaban en la organización de la JMJ- participaron del equipo de religiosos y laicos que se encargó de preparar el lugar donde se alojó Juan Pablo II y de hacer que durante esos días se sintiera “como en casa”.

El testimonio de esa experiencia que nos comparte Ariel, nos permite descubrir algunas facetas de Juan Pablo II que unos pocos privilegiados tuvieron la oportunidad de conocer.


Me pidieron que escriba unas líneas sobre mi experiencia en Strawberry Island, la pequeña isla ubicada en el lago Simcoe, en la provincia de Ontario, Canadá, durante el verano del hemisferio norte de 2002, que hubiera sido uno más a no ser por una visita de cuatro increíbles días de la que fui un testigo privilegiado.

Por primera vez en su pontificado, el papa Juan Pablo II elegía un lugar fuera de Italia para pasar unos días de descanso, previos a la XVII Jornada Mundial de la Juventud.

Yo me encontraba en Toronto desde marzo, trabajando junto al staff permanente de la Jornada Mundial que se desarrollaría en el mes de julio. Un día de abril, el encargado general nos llamó (junto a Damián Molina, otro joven de Don Orione que fue parte de esta experiencia) para que tengamos una reunión con él. En la misma nos planteó la posibilidad de ir a trabajar durante el verano canadiense a una isla que funcionaba como casa de retiros… Mucho no entendí al principio qué tenía esto que ver con la organización de la JMJ para la que yo había viajado a Canadá. Hasta que nos dijo que ese lugar iba a tener una visita muy especial sobre el fin del verano: el Papa iba a tomar un descanso antes de la maratónica gira que tendría por Canadá, Guatemala y México. Ibamos a ser testigos privilegiados de sus vacaciones.

De más está decir que no podía creerlo. Desde ese día no pasó una sola noche en la que no me durmiera pensando en lo que iba a vivir y agradeciendo a Dios por haberme elegido.

El día llegó. Después de tres meses de distintos preparativos, en la isla todo estaba listo.

El 23 de julio a las 14.30, tres helicópteros militares aparecieron sobre el cielo de Strawberry Island, escoltando a uno azul que era seguido por un helicóptero ambulancia. La isla estaba rodeada por decenas de lanchas de seguridad, pero también de curiosos y la prensa, que con teleobjetivos trataban de captar aunque sea una imagen de lo que estaba sucediendo. ¡Y yo podía verlo a metros! Comenzaban cuatro días inolvidables.

Tenía un montón de expectativas y la curiosidad me invadía. ¿Quién vendría a la isla? ¿Sería Karol Wojtyla o Su Santidad el Papa Juan Pablo II? ¿Eran la misma persona las 24 horas?¿ Qué haría en una isla un Papa debilitado como se lo veía en las apariciones previas? ¿Qué hace el Papa cuando descansa? ¿Cómo vive? ¿Cómo es la gente que está con él? En fin… me hacía todas las preguntas de alguien que sabía que estaba próximo a vivir la experiencia más increíble de su vida.

De más está decir que los días fueron espectaculares. Hasta el día de hoy me cuesta creer que estuve viviendo tan cerca de esa persona que veía y veo por TV recorrer el mundo.

¿Cómo hacer, entonces, para poder sacar conclusiones, contar con detalles, compartir sensaciones, sobre la persona que más admiro en el mundo? Sé que voy a caer en frases hechas, pero… ¿qué no está dicho sobre el Papa? ¡Cómo dejar de lado la subjetividad si es el Papa de toda mi vida (tengo 24 años)!

Puedo decir que conocí a la persona, “un joven de 83 años”, como él mismo se define, que ocupa el cuerpo de un anciano que ha vivido una vida santa, pero sumamente agitada; que cargó sobre sus espaldas con el pontificado más largo en siglos y con los conflictos mas diversos que planteó el fin del siglo XX y comienzos del XXI.

Vi que Karol Wojtyla es Juan Pablo II las 24 horas; no tiene como trabajo ser Papa, él “es” Papa, él “es” ese rostro a veces pensativo, meditante, otras veces alegre y enérgico, que vemos continuamente en la prensa.

Tuve la oportunidad de estar cerca de él; verlo descansar contemplando el horizonte enmarcado por un lago increíble, siempre aferrado al rosario; leer por horas acompañado de cerca por su secretario Stanislaw Dziwisz. Pude llevarle la comida en más de una oportunidad, intercambiar algunas palabras, mirarlo a los ojos dejando al descubierto mi emoción, pero recibiendo una irrepetible sensación de paz.

Fui testigo de la humildad con la que se maneja y que además exige que se manejen con él. Yo mismo, junto a la gente que trabajaba en la isla, preparé su habitación y la sencilla cabaña en donde se hospedó. Todo sumamente simple, como tu casa, como la mía (y créanme que lo digo en serio). Así como él es, también lo es su séquito. Sacerdotes y laicos sumamente simples, humildes y sencillos, con los que pude compartir almuerzos, cenas y tardes de charlas con anécdotas apasionantes.

Sin lugar a dudas, fue eso lo que más me sorprendió: que las personas que uno piensa que se encuentran más próximas a Dios, sigan manteniendo, a pesar de todo lo vivido, los pies sobre la tierra.

Me traje de Strawberry Island recuerdos imborrables de un ejemplo de persona. No sólo para los adultos por su incansable actividad, sino también para jóvenes, porque nos hace más fácil entender el Evangelio si seguimos su ejemplo de vida; porque nos saca el miedo que muchas veces sentimos en el mundo de hoy; porque gracias a él vemos que es posible lo que soñamos; porque cada vez que vemos una injusticia en el mundo sabemos que será el primero -y a veces lamentablemente el único- en levantar su voz.

Y, sobre todo, porque su testimonio nos ayuda a tomar conciencia del llamado que no hace mucho nos hizo a “no tener miedo de ser los santos del tercer milenio”.

 

 
 
 
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