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El
cottolengo junto a la Papa en el Jubileo de las personas discapacitadas.
Para fines del 2000 y como parte de
las diferentes celebraciones por el Jubileo
de ese año, diez chicos del Cottolengo Don Orione de
Gral. Lagos –junto a seis adultos acompañantes–
viajaron a Roma para participar del Jubileo de las personas
con capacidades especiales.
Así lo relató el P. Luis Espósito
para Revista Don Orione.
Aquel domingo 19 de noviembre de 2000 parecía
una película en la que uno mismo era partícipe
privilegiado; nos aprontábamos a subir al avión
que nos conduciría nada menos que a la "ciudad
eterna". Parecía mentira verlos en el aeropuerto
de Ezeiza atravesando la zona de embarque y hasta mirando
artículos de esos del "free-shop".
Roma iba a ser testigo de una ilusión que comenzó
a gestarse un tiempo atrás y que ahora se empezaba
a cumplir, un viaje con destino soñado hasta el mismo
corazón de la Iglesia: el encuentro con el Santo Padre.
El viaje en sí mismo tuvo cuatro etapas
bastante marcadas.
Primero fue situarse y conocer la ciudad de Roma.
Luego, el encuentro con las raíces de la congregación
en Tortona (norte de Italia).
Después, la breve estadía en el santuario mariano
de Lourdes, en Francia.
Y finalmente, el encuentro con el Santo Padre en el Jubileo
de los Discapacitados.
Luego de vivir momentos muy intensos
en Tortona y junto a María en Lourdes llegamos a Roma
y se empezaba a sentir el clima previo al Jubileo. No eran
pocas las sillas de ruedas que circulaban por la ciudad, como
así también de numerosos eran los grupos con
diferentes discapacidades, entre los cuales se destacaban
comunidades de sordo-mudos paradójicamente como las
más ruidosas.
Fue especialmente emotiva la Misa del Jubileo en la Basílica
de San Pablo Extramuros. Allí, a pesar de la multitud,
pudimos ver pasar al Santo Padre. Y Jorgito, que un día
antes había tenido la "desgracia" de fracturarse,
ahora tenía la "gracia" de llegar con una
improvisada silla de ruedas hasta el altar mismo, y ocupar
una posición preferencial.
Y fue el mismo Jorgito -como si estuviese en una misa de entrecasa-
quien con su saludable espontaneidad comenzó a aplaudir
al Papa cuando recién comenzaba su mensaje, logrando
que toda esa multitud calculada en unas 10.000 personas, lo
siguiera devotamente.
En la tarde del Jubileo tuvimos el encuentro con el Santo
Padre en la sala Paulo VI. Ese momento prometía ser
menos cansador en un día que desde muy temprano había
sido de "ida y vuelta". Lo que jamás hubiésemos
imaginado es que justo por el lugar donde pudimos ubicarnos
iba a pasar el Papa: lo íbamos a poder saludar, tocar,
fotografiar, disfrutando así de todo lo que es capaz
de generar su sola presencia: alegría, amor y paz,
mucha paz.
Pero todavía faltaba algo más, tal vez aquello
que nunca se podrá olvidar, el momento más fuerte
y soñado, aunque remotamente. Fue el 6 de diciembre
en la catequesis de los miércoles en la plaza San Pedro.
Primero fue haber escuchado al Papa, muy cerquita de él,
en segunda fila para ser más exactos. Pero en verdad,
los chicos habían optado por contemplarlo… y
los grandes también.
Después, esas imágenes que nunca podrán
desaparecer de nuestra retinas: uno por uno, delante del Santo
Padre, poder arrodillarse y saludarlo. "¡Su Santidad,
venimos de la Argentina, del Cottolengo Don Orione, y traemos
las intenciones de todos nuestros cottolengos!", alcanzó
a decir el Padre Fabio con su voz más entrecortada
que nunca por la emoción. A lo que el Papa le respondió
con su sonrisa, su bendición, y un simple "Muy
bien, muy bien".
Ya estábamos completos, no nos faltaba nada más,
habíamos estado en la casa de Don Orione, en la casa
de María y en la casa del Papa; le habíamos
podido traer las intenciones de todas nuestras obras en Argentina,
¿qué más podíamos pedir?, si al
fin y al cabo, a eso habíamos viajado.
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