De la mano de María
 
       
 


Imágen de Benito Pareto

 

Historia de la Virgen de la Guardia

Benito Pareto, campesino y vidente, cuenta

Me llamo Benito Pareto, soy un campesino y vivo en Livellato, un pueblito del Valle de Polcevera, bello y alegre valle al oeste de Génova. Tengo esposa y dos hijos. Nuestra vida es dura pero en el fondo, también serena. Somos una familia como tantas, en estos tiempos difíciles de la segunda mitad de 1400.

Hoy soy conocido en muchas partes del mundo, porque el 29 de agosto de 1490- eran cerca de las diez de la mañana- he sido protagonista de un hecho conmovedor. La Virgen María, Madre del Señor, se me apareció allá arriba, sobre el monte Figogna, donde yo subía habitualmente a juntar hierba y me pidió construir justamente allí una capilla.

Frente a mis objeciones de que “soy un pobre hombre y además el lugar... lejos del poblado, del camino, sin agua, sin medios...”, me responde: “No tengas miedo, tendrás mucha ayuda” ¡Y en verdad fue así!

¡Pero cuantas dificultades! Mi esposa al principio me tomo por loco y yo terminé por creerlo. ¡Pero la Virgen conducía ella misma su proyecto!

Tuve una fatal caída de un árbol, fracturas y complicaciones internas me llevaron hasta el fin de la vida. La Madre del Señor volvió nuevamente, esta vez a mi casa, me recordó mi tarea y me curó inesperadamente. Todo el pueblo fue testigo.
Más aún hoy pueden encontrarse estas vivencias en un documento probatorio del 1530, conservado en el archivo de la Curia de Génova. Mi testimonio convenció a todos, incluso a mi esposa, a mis hijos Bartolomé y Pascual, y a otra gente de mi pueblo, vecinos que decidieron unirse a la obra que me había confiado la Virgen.

Y poco a poco la capilla fue construida. Era pequeña, en su interior tenia un altarcito, había lugar sólo para el celebrante y pocos ministros, los demás todos afuera.

Una familia de buena posición del fondo del valle, la familia Ghersi, me regaló una linda Virgencita de mármol con el niño en brazos. Pequeña y tierna, a nosotros nos pareció algo grande y bellísimo.

La capilla construida por nosotros con el tiempo comenzó a no ser suficiente: la gente de hecho aumentaba, las pocas decenas de personas de los primeros tiempos se fueron transformando en centenares, quizá millares. Y además, allá sobre el Monte el tiempo no era nada apacible: ¡sé hacia difícil rezar bajo la lluvia que caía o con la niebla bien pesada!

Por eso comenzamos a soñar con una iglesia más grande, aún cuando las dificultades parecían infranqueables. Allí, sobre el lugar de la aparición no había suficiente espacio material: ni siquiera queriendo se hubiera podido ampliar un poco la capilla (como lo habrían hecho más tarde en el siglo XIX) y el problema de dar reparo a todos no se hubiera podido resolver. Un poco más arriba, en cambio, sobre la ladera del valle de Polcevera, había una pendiente casi llena, fácilmente aplanable... ¡Pero de esto a construir una iglesia verdadera y propia...!

Habían pasado ya diez años de aquel 29 de agosto de 1490.

La Virgen me había dicho: “¡No tengas miedo, tendrás mucha ayuda!” Me parecía que no se podía esperar más: había sido una bella obra la de la capilla, que nosotros atendíamos con cuidado y ternura, como se hace con una criatura pequeña que requiere de atención.

Pero la Virgen quería todavía sorprenderme: la familia Ghersi que ya había regalado la Virgencita, le tomo el gusto, ¿tal vez la Virgen les había tocado el corazón como a mí? Se involucro e invirtió en la iglesia un montón de dinero, mucho del cual había ganado en una especie de lotería de la época.

Con su ayuda económica y con nuestro trabajo nos embarcamos en la obra del primer gran Santuario, algo colosal para aquel tiempo. Era de 39,20 metros de largo, 13,80 metros de ancho por 8 de alto.

Aquella primera iglesia del 1530 –que nos parecía “grandísima”– hoy ya no esta más. Junto a ella fue construida y terminada en 1890 la actual y gran Basílica.

Como para la primera iglesia, la construcción del moderno santuario requirió de duros trabajos y fatigas, pero encendió también el entusiasmo de tantos: personas, familias, todo el valle de Polcevera, la ciudad de Génova y más... ¡Y cuantas gracias obtenidas de María!

“Tendrás mucha ayuda”, me había dicho, ¡pero nunca hubiera pensado en un desarrollo similar! Y pensar que hoy en todo el mundo, mi Virgen de la Guardia es honrada en al menos 278 lugares entre santuarios, parroquias, capillas y ermitas, dedicadas a ella.

¿Y hoy? En todo tiempo y lugar María sigue proponiendo: ¿quieres darme una mano también tú?

En “mi Guardia” veo que hay tanto que hacer todavía. Con el tiempo comprendí que aquello era solo una ocasión que ella ofrecía: nosotros estábamos allí por la capilla y mientras tanto ella trabajaba para construir el verdadero santuario dentro de nosotros, en nuestro corazón, en nuestra conciencia transformada, ante todo yo me sentí por ella convertido y cambiado por dentro.

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