
Imágen en peregrinación por
las calles de Victoria - (Bs. As.)
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La
Virgen de la Guardia en los inicios
de la Congregación en Argentina.
Tomado de Revista
Don Orione, número 22, año 2002
Cuatro individuos atraviesan los pórticos
de madera de una iglesia, prácticamente en estado de
abandono, ubicada en un pueblo de la provincia de Buenos Aires,
llamado Victoria. Una vez en su interior, echan a caminar
muy lentamente por la nave central, rumbo al altar mayor,
intentando observar con detenimiento cada detalle del edificio.
Es el mes de noviembre de 1921.
De pronto, uno de ellos que es sacerdote, se separa del resto,
y hasta parece haber perdido la compostura. Se lo ve como
exaltado primero, conmovido y arrodillado después,
frente a una imagen de la Virgen, elevando los brazos y, diciendo
en alta voz: “¿Es que no lo ven?; ¡Es la
Virgen de la Guardia!”... palabras encendidas que salen
de la boca de este sacerdote, no tan conocido hasta ese momento,
cuyo nombre es Luis Orione.
Su aspecto se había transformado ese día. El
dolor de muelas que hasta ese momento lo tenía a mal
traer es como si hubiese desaparecido de un plumazo, y el
fervor alegre vuelve a animar su espíritu inquieto
y emprendedor, que le hace decir: “Vine a la Argentina
con la intención de edificar una iglesia a la Virgen;
pero la Virgen fue más diligente que yo y me la da
ya hecha. Cuando partí de Génova prometí
consagrarle todas mis obras en América y ahora me siento
feliz de verla honrada aquí”.
Habían sido testigos de aquel singular encuentro entre
el Padre Orione y la imagen de la Virgen, Monseñor
Maurilio Silvani, secretario de la Nunciatura Apostólica;
el presbítero Maximino Pérez, párroco
de San Fernando y el Dr. Tomás R. Cullen Crisol, conocido
vecino de Victoria.
Don Luis Orione había viajado a la Argentina por invitación
de Mons. Silvani, a quien había conocido en Italia.
En la carta de invitación le decía: “Aquí
hay para elegir. Monseñor Francisco Alberti, Obispo
electo de La Plata, le costea el viaje y se encarga de conseguirle
una buena residencia, lo más cercana posible a la capital
argentina; se habla de ofrecerle un orfelinato en Mar del
Plata, una colonia agrícola en Pergamino... pero venga,
venga pronto, en noviembre, que en Argentina es el mes de
la Virgen María y de las flores. Aquí no hay
nada para los pobres, no hay nada para los niños abandonados,
para los desamparados...”
Desde hacía unos meses, Don Orione se encontraba en
Brasil, acompañando a sus religiosos que años
atrás habían comenzado una misión allí.
De modo que al recibir la carta, acepta la propuesta, incluso
con la idea de participar de la peregrinación anual
de italianos al Santuario de Luján, a la que también
había sido invitado. Todo se pone en marcha rápidamente
y el día 8 de noviembre se embarcó en la nave
inglesa “Deseado”, pero por inconvenientes con
su pasaporte, debió quedarse en Montevideo.
La tan inesperada como breve estadía de Don Orione
en Uruguay, le sirvió para conocer al Arzobispo de
Montevideo, Mons. Juan Aragone, quien le propuso lugares para
comenzar su obra allí. Este ofrecimiento, si bien no
pudo ser aceptado por escasez de personal religioso, quedaría
como una puerta abierta muy interesante hacia una futura presencia
de la Obra en aquel país.
Finalmente, la noche del domingo 13 de noviembre de 1921 Don
Orione desembarca en el puerto de Buenos Aires. Lo recibe
Mons. Silvani, y lo acompaña hasta la casa de los Padres
Redentoristas, anexa a la Iglesia de las Victorias, en pleno
centro de Buenos Aires. Allí se traslada con sus sueños
a cuesta, con incertidumbres y expectativas alimentadas a
base de una gran certeza: Dios sabía muy bien lo que
estaba haciendo...
A los pocos días de llegar a la Argentina, Mons. Alberti,
lo recibe en audiencia en La Plata y le ofrece hacerse cargo
de una capellanía en Victoria, que pertenecía
a la Parroquia Ntra. Sra. de Aranzazu de San Fernando. En
efecto, el templo había terminado de construirse en
1913, a partir de un terreno donado a fines del siglo XIX.
Su inauguración como capilla la había tenido
en mayo de 1920, pero el P.Maximino Pérez –párroco
del San Fernando- no podía atenderla en forma regular
por falta de sacerdotes.
En su interior contaba con aquella imagen de Ntra. Sra. de
la Guardia que tanto impactó a Don Orione y que inspiraba
en él una devoción tal, al punto que deseaba
desde hacía tiempo levantarle un santuario en su querida
Tortona (Italia), cosa que más tarde lograría.
La providencial presencia de aquella bella imagen había
tenido que ver con la iniciativa de don Francisco Cervetto,
vecino destacado de la incipiente comunidad, quien la había
mandado traer desde Génova. Lo que seguramente jamás
habría imaginado es que al poco tiempo un santo se
inclinaría extasiado a los pies de esa imagen de la
Virgen y que el templo, recientemente inaugurado, habría
de ser puesto, algún día, bajo su advocación.
Don Orione al encontrarse con la Virgen
aquel 17 de noviembre, comprendió a las claras que
ése era el lugar indicado para comenzar su obra en
estas tierras y aceptó el ofrecimiento sin dudarlo
un instante. Dios se lo estaba señalando, y la realidad
misma del lugar lo movía a compromiso: “Victoria
tendrá unas 400 almas y los domingos concurren a Misa
entre 50 y 60 personas. Una de las razones por las que preferí
Victoria a otros lugares bajo varios aspectos mucho mejores,
fue precisamente porque éste se me presentó
como un pueblo completamente abandonado. La población
está formada en su mayor parte por ferroviarios, gente
que no es estable, que generalmente está inscripta
en el registro de los partidos más avanzados; algunos
padres arrancaron e las manos de sus hijos las medallitas
que les hemos regalado nosotros… Hasta hoy no tengo
dinero, pero la Virgen Santísima lo mandará,
porque eso también es necesario y Ella lo proveerá.
Dios no nos abandonará, si somos suyos y si vivimos
humildes y pobres”. Así lo atestigua el mismo
Don Orione.
Inmediatamente, escribió a su Obispo de Tortona, contándole
las novedades y explicándole que “es Dios el
que me empuja a hacer lo que hago, a pesar de tantas dificultades
e incomprensiones... es la Virgen que me lleva a hacer obras
que no son mías”. Sólo así se explica
cómo un hombre que estaba enfermo del corazón
y que tenía dificultades para caminar a causa de una
lumbalgia, continuara extendiendo sus esfuerzos hasta el máximo
y realizando cosas que desde fuera pudieran juzgarse como
insensatez.
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