De la mano de María
 
       
 

La Virgen de la Guardia y Don Orione

El Beato Don Luis Orione subía a menudo al santuario.
Cada vez que tenía que tomar importantes decisiones iba a pedir consejo a María. Pasó una noche entera en oración, arrodillado al frío, frente a la entrada a la capilla de la Aparición antes de lanzarse a la gran aventura de adquirir el Paverano para construir un Cottolengo, un gran edificio donde soñaba recibir a tantos pobres y enfermos. Y la Virgen no lo abandonó: hoy el Paverano con sus más de 600 asistidos y sus 400 trabajadores, es la expresión más grande de la caridad presente en Génova. Este episodio se recuerda hoy con una bella estatua, de modo que quien sube al santuario puede ver a Don Orione arrodillado sobre los escalones de la capilla como en aquella noche.

Don Orione, al igual que Benito Pareto, era hijo de gente pobre, también él andaba dando vueltas buscando ayuda para construir en su pueblo Tortona un santuario dedicado a la Virgen de la Guardia. Soñaba que sobre el campanario de la iglesia hubiera una gran estatua de la Virgen Guardiana para todo el pueblo tortonés y por eso comenzó a recoger las ollas de cobre rotas e inutilizables.

Pronto se lo conoció en los campos del Piamonte como “el cura de las ollas rotas”. Parecía que juntaba basura, cosas que la gente tiraba, pero en cambio fue el iniciador de la construcción de la colosal estatua que hoy se ve brillar como oro desde lo alto del campanario de Tortona.

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